sistema neuro-inmune-endocrino

Los directores de orquesta: sistema neuro-inmune-endocrino

El cuerpo humano es un organismo complejo. Está formado por diferentes sistemas, subsistemas, órganos, tejidos, enzimas y fluidos. Esto nos permite cumplir con las funciones biológicas que permiten la supervivencia. Ahora bien, todos estos sistemas y subsistemas requieren de gestión, control y coordinación. El objetivo siempre será el mantenimiento del equilibrio interno. Todo este conjunto recibe el nombre de sistema neuro-inmune-endocrino.

sistema neuro-inmune-endocrino

El sistema nervioso, al igual que el sistema endocrino, juegan un papel clave en toda esta función de control y coordinación. Ambos ejercen verdaderas funciones de directores de orquesta y de comunicación.

Las funciones de coordinación, control y comunicación hacen que estos sistemas sean jerárquicos dentro de nuestra fisiología. Ambos se unen para coordinar de forma precisa funciones vitales clave. Así, conforman el sistema neuroendocrino.

El sistema neuroendocrino o ejes neuroendocrinos resultarán clave en la capacidad que el cuerpo tiene de comunicarse de un órgano a otro, de una célula a otra, de un sistema a otro…

Realmente coordinan, controlan, mantienen el equilibrio interno y transmiten mensajes. Por ejemplo, la insulina resulta una hormona (mensajera) clave dentro de nuestra respuesta inmuno metabólica. Normalmente su mensaje será: “almacena”.

Ahora bien, esta información se interpretará de formas diferentes en las diferentes células. Y a todo esto, y al mensaje, habrá que añadirle el contexto. Esto hará que el mensaje signifique una cosa u otra. Por ejemplo, con andrógenos altos y cortisol bajo hablaremos de deseo sexual. Sin embargo, con andrógenos altos, adrenalina y cortisol alto, quizás hablemos de agresividad. Estos contextos se traducen según haya supervivencia o no.

“Las hormonas y mensajes son importantes, pero el contexto también lo es para el sistema neuro-inmune-endocrino.»

Las actividades celulares del organismo requieren un medio estable. Este se alcanza gracias a la alostasis. Es decir, un proceso en el que los sistemas internos del organismo mantienen unos parámetros óptimos a pesar de la variación de las condiciones ambientales. En este proceso participan claramente y de forma jerárquica los sistemas inmune-neuro-endocrino. Neuronas, hormonas, citoquinas: mensajeras clave para la transmisión de señales, así como para la supervisión y control de todo lo que ocurre. El objetivo final, mantener el equilibrio.

Hablemos de sistema neuroendocrino. Podemos considerarlo como el conjunto de estructuras que forman al sistema endocrino y la parte del encéfalo dedicado a la emisión, control y transmisión de las sustancias que generan. Se trata de un sistema vital para el ser humano. Además, se encarga de la emisión y gestión de las hormonas e influye en la generación de cambios internos. Estas hormonas viajan principalmente por el sistema cardiovascular hacia los tejidos sobre los que actúan.

El sistema neuroendocrino se inicia en el hipotálamo. Desde él, y pasando por la hipófisis, se pueden generar diferentes ejes neuroendocrinos.

Los ejes neuroendocrinos más importantes

Entre los ejes más importantes destacan tres:

  • Eje hipotálamo-hipofisario-adrenal: considerado el eje de estrés que regula especialmente la respuesta del organismo al medio, así como la respuesta de estrés de lucha o huida.
  • El eje hipotálamo-hipofisario-gonadal: eje de hormonas sexuales, cuya función se centra en la maduración y el desarrollo sexual, así como la función reproductiva.
  • El eje hipotálamo-hipofisario-tiroideo: eje fundamental de nuestro metabolismo energético.
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Todos estos ejes neuroendocrinos presentan una interrelación e influencia constante. Son ejes fisiológicos, responden a diferentes estímulos y se encargan de la coordinación de funciones vitales.

Pero, en muchas ocasiones, las demandas del medio son demasiados exigentes y se rompe el equilibrio. Por ejemplo, el eje de estrés o hipotálamo- hipofisario-adrenal nos permite escapar de forma aguda frente a un peligro. Sin embargo, no podemos escapar toda una vida de un peligro. La sobre solicitación de este eje puede volverlo disfuncional y agotarlo.

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Este eje de estrés influirá en el resto de ejes neuroendocrinos. Por ejemplo, paralizando el eje hipotálamo-hipofisario-gonadal (eje de hormonas sexuales y función reproductiva). Es lógico: primero priorizamos la supervivencia del individuo y luego la supervivencia de la especie.

Al mismo tiempo esta sobre activación del eje de estrés frenará al eje tiroideo, que se encargará de activar el metabolismo energético en nuestras células.

El sistema inmune es organizado, redundante y equilibrado:

Su función única no reside en defendernos como si de un ejército se tratara.

Su principal tarea es vigilar para mantener el equilibrio del organismo, en estrecha unión con el sistema neuroendocrino. Esta función de vigilancia no supone que nuestras células inmunitarias se comporten como policías o soldados. La función del sistema inmune va más allá, vigilando los errores de juicio y entendimiento.Nuestro sistema inmunológico es capaz de detectar peligro, determinar y organizar respuestas efectoras.

Esta respuesta efectora la puede realizar induciendo inmunidad o tolerancia. La inmunidad sirve para organizar respuestas efectoras frente a enemigos. Sin embargo, la tolerancia inmunológica tiene que ver con lo que es nuestro: con reconocer a nuestras propias células y tejidos y no atacarlos, sino tolerarlos.

Ambos mecanismos de alerta inmune y tolerancia son claves para el equilibrio y la convivencia.

Nuestra inmunidad está compuesta primero por nuestras barreras, iguales a la muralla del castillo, que impiden la entrada de patógenos o toxinas. Esta barrera externa es nuestro sistema común de mucosas (piel, mucosa gastrointestinal, mucosa vaginal, mucosa nasal y respiratoria…). Es decir, las partes de nuestro cuerpo que están en contacto con el exterior.

Este sistema común de mucosas presenta la peculiaridad de tener agregado estructuras que contienen células inmunitarias. Hablaríamos por tanto de tejido linfoide asociado a las mucosas.

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Todas estas mucosas presentan una gran intercomunicación vía sistema linfático. Y dentro de esta gran barrera, tenemos diferentes ejércitos. Un sistema inmune innato, propio de vertebrados: rápido, poco preciso, inespecífico. Ataca, neutraliza y luego pregunta. Podríamos realizar una analogía y hablaríamos de los antidisturbios en una manifestación de radicales.

El siguiente ejército es el sistema inmune adaptativo, propio de seres humanos y formado por linfocitos T y B. Se encarga de la producción de anticuerpos. Estos necesitan especificidad por lo que son más lentos. Podríamos considerarlos la policía científica.

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La inmunidad, por tanto, puede ser innata o adaptativa.

La innata reconoce señales de peligro altamente conservadas en microorganismos. Genera respuestas rápidas y vigorosas que eliminan a más del 90% de los agentes invasores. La adquirida gira alrededor de los linfocitos, que son altamente específicos, variados y eficientes. Con el tiempo, maduran y se convierten en células con memoria inmunológica, necesarias para el ejercicio de la fase efectora y para enfrentar segundas infecciones.

Ambos ejércitos se encuentran coordinados para establecer respuestas coordinadas destinadas a nuestra inmunidad o tolerancia.

Por tanto el sistema neuro-inmune-endocrino supone los verdaderos directores de orquesta de todo lo que ocurre en nuestro organismo. Teniendo siempre como fin único, el equilibrio interno u homeostasis.

Autor: Borja Fernández Pita

Terapeuta en Regenera Clínicas
Lic. CC Actividad Física y el Deporte
Osteópata
Grado Antropología
Máster en Psiconeuroinmunología Clínica
Postgrado Programación Neurolingüística

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